jueves, 27 de agosto de 2015

Crónica de la París Brest París 16-08-2015


Muchas cosas que contar y pocas neuronas activas tras las fiestas de mi pueblo, están avisados.

La prueba.

Se celebra cada cuatro años y consta de 1.230 Kilómetros, con continuos repechos, a completar en un tiempo máximo de 90 horas.

El recorrido, perfectamente señalizado por la organización, es St Quentin-en-Yvelines (localidad a unos 40 Km de París) Brest St Quentin-en-Yvelines. Gran parte del itinerario de la ida coincide con el de la vuelta.

Durante la misma hay que parar en los controles (unos 14) para que te sellen la hoja de ruta. En estos lugares hay servicio de comedor, médicos, mecánicos, lugares para dormir y todo lo que se pueda necesitar.

En la salida, que se hace de forma escalonada, nos dimos cita unos 6.000 corredores venidos de todas las partes del mundo.

Presentaciones.

El viaje de ida, con diecisiete horas de coche cortesía de los atascos de Burdeos, ya fue una odisea para Rafa, Haritz, Ignacio, Beñat (estos dos últimos harían de coche de apoyo de Haritz durante la prueba) y servidor.

Fue una pena que Jon, un auténtico número uno, causase baja por una inoportuna lesión y no me cabe duda de que tanto a Haritz como a mí nos hubiese ido mucho mejor con su presencia.

Los tres teníamos diferentes horas de salida y diferentes proyectos por lo que no coincidimos sobre la carretera, aunque ya tuvimos tiempo el miércoles por la tarde de compartir aventuras.

Con los que sí coincidí durante la ruta, en algún control, fue con Ignacio y Beñat lo que agradecí porque siempre dio pie a alguna que otra carcajada.

Por lo demás, demasiados nervios, buenas conversaciones y muchas risas durante el sábado y la mañana del domingo.

Aventura dedicada a mis amigos, a los que siempre tuve en mente.

Preámbulo. Un plan poco elaborado.

Mi plan era simple: salir el domingo a las cuatro de la tarde, llegar el martes sobre las once de la noche completando el recorrido en unas 55 horas y estar el miércoles cenando en casa para afrontar las fiestas de mi pueblo, que comenzaban el jueves, con algo de descanso.

En la salida me encontré con tres compañeros de Huesca y el veterano Cored volvió a avisarme: empezar esto con prisas no es una buena forma de comenzar. Pero volví a mirar para otro lado porque de la París Brest Paría no había nada que me intimidase.

Lo cierto es que ni siquiera me había mirado la hoja de ruta, ¿qué más me daba?, porque, en el peor de los casos, si me llevase 72 horas, podría estar el jueves en mi pueblo, ¿a qué debía temer?.

Al final, y no sin apuros, pude completarla en 67 horas y 20 minutos y llegar a mi pueblo el jueves para el comienzo de las fiestas, pero debo decir que se me hizo mucho más duro de lo que jamás hubiese imaginado y durante toda la prueba tuve siempre esa maldita sensación de estar a merced de los elementos sin poder llevar, en ningún momento, la iniciativa.

Joder, ¡qué prueba más lamentable he hecho! fue lo que me dije a mí mismo al cruzar la meta. Lo cierto es que fue, fui, un auténtico desastre.

No obstante me quedo con lo que aprendí, que no es poco, y que me servirá tanto para futuros retos como para realizar mucho mejor la próxima París Brest París.

La cuenta atrás.



Capítulo 1. Solo en una remota galaxia.

Los repechos previos a Brest se me atragantaron y a la ciudad llegué maldiciendo.

Había dilapido la paciencia en absurdas batallas contra los corredores que me fueron acompañando, auténticos extraterrestres venidos de Suecia, Alemania, Estados Unidos, Italia y Dinamarca.

No hablaban, no ayudaban, no hacían grupo, sólo forzaban en los repechos como si allí arriba hubiese una meta volante.

Poco a poco su compañía, su comportamiento, me resultó insoportable y decidí presentar pelea en las continuas emboscadas del recorrido.

Algunas veces me quedaba atrás, y aprovechaba para rodar más tranquilo y recuperar hasta ser abducido por otros marcianos, otras me alejaba y seguía apretando hasta encontrarme con un nuevo grupo.

Y así, a trompicones, llegué a Brest en poco más de 24 horas y media.

Sólo el saludo de un corredor Vitoriano que volvía de Brest en la cabeza de carrera, y con quien estuve hablando en la salida porque nos conocíamos de alguna brevet de San Sebastián, me hizo sentir algo de compañía en la carretera.






Capítulo 2. Una pequeña tregua rodando en casa.

Me dio moral, me hizo mucha ilusión, cruzarme con Rafa en su camino hacia Brest, ni siquiera le vi, sólo pude oírle, pero fue un instante mágico, ¡qué alegría!.

Poco después fui cogido por dos compañeros de Pamplona, conocidos de las Brevets de Zaragoza.

Tras tantas penurias en un ambiente completamente hostil, y al que no había sabido adaptarme, conversar con dos viejos conocidos, contar con su ayuda, con su afecto, me hizo sentir como en casa.

Llegué con ellos al control de Carhaix-Plouguer (Km 698) donde mis prisas nos separarían, en mi plan sólo había sitio para dos horas de sueño.



Capítulo 3. Principio y fin.

Salí deambulando del pabellón, donde apenas había estado una hora porque dormir más de veinte minutos se me hizo imposible, diciéndome que ahora comenzaba el verdadero reto y la motivación me guiaría hasta la meta.

Pero aquella determinación se esfumó cuando en la carretera vi una pintada que escupió “París 500 Km”. Sabía que llegaría, no tenía otro remedio, pero yo quería irme a casa, quería estar en casa, y ante mí se abrió un nuevo, y desconocido, mundo de penalidades.

Después las luces de los cientos de corredores que avanzaban hacia Brest me reventaron la vista y la cabeza, fue algo que no tenía previsto y no supe cómo afrontar. Aquella dificultad, que convertía mi camino en un auténtico suplicio,  acabó por desesperarme.

En el siguiente control (Km 780) paré más de dos horas esperando a la salida del Sol, ¡ni un paso más con tantos tipos viniendo de frente!.

Volví a la pista en una mañana triste y húmeda en el que el sudor acumulado en el pantalón largo (no llevé uno corto en la mochila porque esta ya no daba más de sí) parecía impedir un movimiento fluido y ágil de las piernas, se había quedado como fosilizado y la desagradable sensación de suciedad cada vez que me sentaba en la bicicleta comenzó a ser inaguantable. 




Capítulo 4. La enfermería de los líos.

El doctor de Fougeres (Km 911) me palpaba las tripas y yo ponía cara de que ese no era el problema, tan sólo quería un Omeprazol para el dolor de estómago pero hacérselo entender en mi desastroso francés fue imposible, y así acabé en la camilla.

La enfermera se rió cuando el médico me preguntó que cuánto tiempo llevaba sin ir al baño y volví a insistir en que ese no era el problema, ¡sólo tenía el estómago ardiendo!

Finalmente recurrí a la escritura y al poco vino el doctor con una pastilla que, al no parecerme el citado medicamento, ingerí con poca fe y resignación

Aquella píldora apenas me alivió pero me vino bien la perdida de tiempo porque coincidí con un cicloturista de Gerona que me ayudó hasta el siguiente control (Villaines la Juhel, Km 1.008), mientras yo vaya bien, dijo, no hace falta que des ningún relevo.

Antes de Mortagne au Perche (Km 1089) paré a dormir tres horas en un sitio montado por voluntarios que ofrecía las mismas incomodidades que las de los controles oficiales (un catre estrecho y duro separado de las demás por un metro escaso) pero más tranquilidad porque no había tanto trasiego de gente, ni tantos ronquidos, ni móviles encendidos y demás molestias que me habían impedido en las dos ocasiones anteriores conciliar un sueño profundo y reparador.

Bastante público durante la prueba y agua y comida puesta por ellos al pie de la carretera.


El bravo corredor de Gerona (a la izquierda)


Algún tramo en soledad.

Los voluntarios que me dieron cobijo.


Capítulo 5. La tercera noche.

Bueno, venga, ahora sí que sí, ahora ya no queda nada, comenté con Ignacio y Beñat que andaban esperando a Haritz en el control de Mortagne au Perche (Km 1.089).

Pero había entrado en una espiral de cansancio y sueño de la que no pude salir hasta los últimos kilómetros.

Yo tenía que estar conduciendo hacia mi casa y sin embargo…

El vaivén de la luz sobre la carretera se me hizo insoportable y en un repecho opté por desmontarme de la bicicleta, el avance hacia París fue penoso pero implacable.

Hice aguas por todas las costuras y el sueño me atacó por sorpresa, hacía pocas horas que había dormido tres horas y, sin embargo, parecía tener plomo en los párpados. Desesperado asalté el portal de una iglesia donde descansé unos diez minutos hasta que el zumbido de un grupo de italianos me despejó y decidí engancharme a aquel grupo.

Nos rodeaba un halo de cansancio y derrota, un silencio sólo roto por los chasquidos de las bicicletas mal engrasadas que parecían crujir con cada esfuerzo.

En el último control vi a Fulgencio, conocido de la brevet 1000 del año anterior, e hice con él y dos madrileños el último tramo yendo comodamente a rueda y manteniendo agradables conversaciones sobre retos realizados y próximos eventos por lo que mi llegada a París fue tranquila y llevadera.


Esta señal solía indicar el final de un repecho.


El último amanecer.


Línea de meta, donde me encontré con un barbastrense conocido del 600 de Zaragoza.