sábado, 31 de enero de 2015

Bagüés, Ermita de la Madalena, Undués Pintano, Peña Musera, Undués Pintano, Puy Darto, Bagüés.


Las fotografías las realicé el viernes 23 de enero en el itinerario descrito en el título. La ruta, que la hice andando, tuvo algo más de 50 Km.

Un croquis, sacado de la web del Instituto Nacional de Geografía, y que aquí reproduzco, y lo que me quedaba de un mapa, ahora ya convertido en puzzle, roto, ajado, tanto por las manos como por los ojos, habían despertado, hace ya muchos años, mi curiosidad.

La Sierra de Peña Musera era el último rincón de mi mundo, el mundo real, que me quedaba por explorar.

Nunca, hasta la pasada semana, había encontrado el momento adecuado, la excusa apropiada.

Iba a ser un día importante,







No esperé ni al Sol ni al despertador porque en las grandes ocasiones hago las cosas a mi manera.


Bagüés, desde el primer collado del día.

Tras avanzar en dirección sur giramos hacia el oeste y comienza el cresteo por la Sierra Sarda, que deja magníficas vistas sobre el valle de Los Pintanos y la Val D´Onsella.





Muy cerca del final de la sierra, del Puerto de Cuatro Caminos, en el punto más alto (1.042 metros de altitud), queda la Ermita de Santa María Magdalena.


















Cómodo y llevadero es el descenso a Undués Pintano, la ante sala del asalto a lo desconocido.








La pendiente se acelera y, un poco más allá, el final.





El símbolo de la conquista , el lugar donde debería ondear la bandera, el lugar marcado con un círculo en el mapa, fue el vértice geodésico de Peña Musera. 

Y me costó encontrarlo porque hay que avanzar por una senda cerrada, muy difícil de descifrar; las reseñas y comentarios de los mapas estaban equivocados, eran falsos.




Me invadió un sentimiento de euforia cuando alcancé el objetivo; por fin había llegado al final, el último baluarte de mi mundo había caído.



En los mapas el camino, desde Undués Pintano, queda como una L invertida que no ofrece dudas pero no es así o, al menos, no fue así. El medio, la realidad, dibuja, dibujó, una T. 
Caí en la cuenta de la trampa cuando llegué al extremo occidental, un lugar desconocido, sin haber tenido constancia de haber rebasado el camino de bajada, mi única salida.
Los papeles estaban equivocados, el viejo tenía razón.

Di media vuelta, volví sobre mis pasos, miré las fotos realizadas en busca de algún pequeño detalle, pero nada, ni rastro del camino de bajada, y cuando el asunto se enmarañó, otra vez media vuelta, y otra vez acabé frente a ese peñasco, ¡no me sirve!.

Esta operación la repetí varias veces pensando que, al final, y aún haciendo lo mismo, la suerte me sonreiría.

Pero no lo hizo.

Aquel pequeño perímetro me asfixiaba, me ponía nervioso. 

Finalmente, tras cuarenta minutos buscando la salida, llamé al 112 preguntando por el forestal de Pintano. La senda de bajada estaba allí, al lado, tal vez a un metro, y dos indicaciones debieran de bastar.

Me pasaron con la Guardia Civil (el forestal estaba de vacaciones, ¡qué casualidad!, exclamé). 

Tras hacerles comprender que me encontraba perfectamente, que mi situación distaba mucho de representar una emergencia, una amenaza,  y que sólo necesitaba alguna pequeña indicación  me pidieron el número de teléfono; en cuanto encontremos a alguien que conozca el terreno te llamaremos.

Tal vez por la solidez de aquella promesa, por lo tranquilizadora de la misma, encontré el camino dos minutos después; bastaron un par de pasos en la dirección adecuada.

Identifiqué la senda, fue un flechazo, y me abalancé sobre ella.

La alegría duró poco; enseguida me invadió un sentimiento de deshonra; aquella montaña me había dejado en ridículo, ya sólo pude avanzar cabizbajo.

Pese al tiempo perdido continúe con el plan previsto y comencé, tras rebasar Pintano, la subida al Puy Darto.




La nieve, y el escozor del orgullo maltrecho, entorpecieron mis pasos.





Los últimos tres kilómetros, que se hacen por carretera, los hice pensando en futuros retos y proyectos.

Mapa orientativo de la ruta.